|
|
Puerto de la isla de Ítaca |
|
Ítaca es la patria de Ulises, se pongan como se pongan los habitantes de Cefalonia y Levkás, islas vecinas que disputan a la pequeña isla cantada por Homero y Cavafis el honor de ser el hogar del gran héroe viajero marido de Penélope y padre de Telémaco. ¿Puede una isla tan pequeña ser la tierra añorada por Ulises mientras estaba en los brazos de la maga Circe y la ninfa Calipso? ¿Puede una islita que se puede recorrer en un suspiro de motocicleta albergar tanto mito? ¿Es posible que una isla ventosa, poco poblada, con unas cuantas playas de guijarros suaves como la piel de los dioses y dos o tres pueblecitos que hacen de Vathy, la capital, una especie de Nueva York del Jónico, ser la Ítaca que cantó Homero? Para los que «biajan» a Ítaca, por supuesto que sí. Para los que sólo viajan a Ítaca en una excursión de un día desde Cefalonia, es posible que no.
Si llegamos a Ítaca con las gafas de la «Odisea» puestas, hasta el desangelado puerto de Piso Aetós parece bonito. Sin las gafas de los «Beatles», el paso de peatones de Abbey Road pierde mucho encanto. Sin los versos de Homero, el momento en que ponemos nuestros pies por segunda vez en Ítaca (recuerden que estamos hablando de un «biaje», no de un viaje) es algo tan vulgar como bajar las escaleras para acudir a una reunión de vecinos. La travesía de Sami (Cefalonia) a Piso Aetós (Ítaca) es lenta, pero el desembarco es rápido porque la infraestructura del puerto es de un minimalismo casi zen y, además, es demasiado pequeño hasta para soportar los pocos viajeros y vehículos que salen de las entrañas del transbordador. Casi no hay tiempo para pensar en la frase perfecta para un momento tan especial (y casi todas las frases perfectas para momentos especiales ya están dichas), porque es imposible tomarse unos segundos y saborear el instante. Hay que subirse rápidamente al coche y seguir el ritmo que marcan un par de policías estoicos y los veteranos en la llegada a Ítaca, que, dicho sea de paso, son mayoría y no pueden perder tiempo en frivolidades de «biajero» educado por Homero.
La carretera de Piso Aetós a Vathy es radiante como el camino de baldosas amarillas que siguen Dorothy y sus amigos en «El mago de Oz», pero al final de ese camino no hay un tipo tramposo y hábil (como lo era el mismo Ulises), sino un pueblecito con puerto, casas bien pintadas, tiendas de recuerdos, tabernas en la que se sirve comida griega o lo que usted quiera, un parque encantador lleno de niños, algún hotelito, unas cuantas «domatias» casi todas regentadas por antiguos marinos y un busto de Odiseo, es decir, Ulises, rey de Ítaca. Las ruinas de Troya en la colina de Hissarlik, en Turquía, reciben al visitante con un enorme caballo de madera que rechina tanto como ese busto del ingenioso Ulises, aunque es difícil resistir la tentación de hacerse una foto con el caballo y con el busto. ¿Que es muy «kitsch»? ¿Muy hortera? ¿Muy turistón? Es posible. Pero los que amamos la Antigüedad clásica solemos ser muy «kitsch», bastante horteras y absolutamente turistones cuando intentamos pasar a limpio en el álbum de fotos lo que nos enseñaron los viejos y los nuevos poetas.
En Ítaca no hay un busto de Ulises, sino dos. El otro está en Stavros, un bonito pueblo en el norte de la isla con un tranquilo café en el que se puede tomar un frappé antes de dar un paseo hasta el Museo Arqueológico. En su busto de Stavros, Ulises se nos muestra más potente que en el busto de Vathy. Más regio y, por lo tanto, menos viajero. Pero ese busto nos prepara para entender lo que viene después. En arqueología, y también en mitología, hay que entender para creer, y no creer para entender. Sin entender, las ruinas son sólo piedras caídas, las ausencias no son más que vacío y los silencios sólo son síntoma de mudez. Así que, alimentados con el busto de Ulises, llegamos al Museo Arqueológico de Stavros. Su única sala sin aire acondicionado alberga unas cuantas piezas micénicas de gran belleza pero difícil interpretación, y un emocionante trozo de terracota encontrado en la cercana bahía de Polis con la inscripción «Dedicada a Ulises». Esa inscripción es suficiente para que la imaginación comience a colocar todas las piezas en su lugar más hermoso y puede que hasta verdadero. En la colina de Pilikata, cerca del Museo Arqueológico, unas ruinas conocidas como «Escuela de Homero» podrían ser los restos del palacio de Ulises. ¿Por qué no? El lugar es perfecto, y hay un olivo que podría ser el tatatatatatatatatataranieto del que Homero pone en boca de Ulises en la «Odisea»: «Creció dentro del patio un olivo de alargadas hojas, robusto y floreciente, que tenía el grosor de una columna. En torno suyo labré las paredes de mi cámara». Cuando estuvo en Ítaca, Heinrich Schliemann (el descubridor de Troya) realizó excavaciones en el lugar donde suponía que estuvo el magnífico olivo sobre el cual hizo Ulises su tálamo nupcial y en torno al cual edificó su dormitorio, e incluso aseguraba haber dado con la roca en la que penetraron las raíces de ese olivo. Puede que sí. Puede que no. Pero entender a Homero permite al «biajero» creer que está pisando el lugar donde Ulises y Penélope hablaban, descansaban y hacían el amor.
En la llamada «Escuela de Homero» hay mucho silencio y toda la soledad. Lástima, porque siempre es agradable cruzarse con otros «biajeros». Sin embargo, el silencio y la soledad también hacen que la imaginación tome carrerilla. La imaginación odia el barullo y el ruido, y sin imaginación Troya no es más que un montón de escombros, el Partenón de Atenas un viejo desdentado, la única columna en pie del templo de Artemisa una broma de mal gusto, y lo que pudo haber sido el palacio de Ulises poco más que cuatro piedras que sobresalen de incomprensibles zanjas. Hay un truco tan sencillo como infalible para que las piedras de Pilikata se transformen en el palacio de Ulises. Visitar el puerto de Forcis. ¿Me acompañan?
Según Homero, Ulises regresó a Ítaca, tras veinte años de ausencia, en una nave que le había proporcionado Alcínoo, rey de los feacios. Ulises fue desembarcado en el puerto de Forcis, que se abre entre dos promontorios rocosos y abruptos. Hoy, el puerto de Forcis es el hogar de unas pocas barquitas y, en un extremo, le ha crecido una playa en la que toman el sol los vecinos de la cercana Vathy. Forcis es un lugar homéricamente hermoso y de una tranquilidad un poco melancólica. No es fácil encontrar a un lector de Homero paseando por Forcis mientras lee el canto XIII de la «Odisea». No se trata de imitar a Alejandro Magno, que siempre viajaba con un ejemplar de la «Ilíada», ni ser como Schliemann, que descubrió Troya con la ayuda de los poemas de Homero, pero caramba? Ya que uno está en Ítaca, y ya que Homero canta tan bien el regreso de Ulises a su patria, qué menos que dedicar unos minutos a recordar el momento en el que los feacios tomaron a Ulises de su lecho de lino y lo dejaron preso del sueño en la arena del puerto de Forcis. Después, el «biajero» en Ítaca tiene una cita con la cueva de las ninfas, a sólo un corto paseo (eso sí, cuesta arriba) desde el puerto de Forcis. El lugar merece la pena. El espacio, no.
Homero habla de una cueva asombrosa y amena, recinto de las ninfas del agua que llaman las náyades. Esa cueva existe (al menos, para el «biajero») y está en un lugar precioso, con unas vistas a la bahía de Dexia, donde está el puerto de Forcis, que compensan la ascensión por un camino empedrado. El espacio de las ninfas, sin embargo, es indigno de su mito porque está incomprensiblemente abandonado, como si fuera parte del decorado de la escena final de «El planeta de los simios». Parece que las ninfas no atraen a los turistas, y su cueva, que una vez sirvió para esconder las piezas de oro y de sólido bronce, los preciosos vestidos y los regalos del pueblo feacio a Ulises, ahora es sólo un agujero en la roca que se hunde en la oscuridad. La gruta de las ninfas, lugar sugerente y espacio que traiciona su nombre, espera con paciencia, como hizo Penélope, a muchos Ulises en pantalón corto dispuestos a guardar allí parte de sus piezas de oro y de sólido bronce.
Es cierto que en Ítaca la geografía mítica de la «Odisea» compite con las tabernas de Vathi, la delicia de pasear por Frikes y Kioni, la dulzura de dejarse llevar por los azules imposibles de las playas de Aspros Gialós, Polis, Gidaki o Filiatro y el elocuente silencio de Anogi, un pueblecito de montaña en el que uno no puede beber una cerveza «Mithos» sin sentirse en la isla de los lotófagos. Sin embargo, creo que en Ítaca la geografía mítica del puerto de Forcis, la arqueología de carne y hueso, el souvlaki, las playas, la luz de Grecia y una «Mithos» bien fría son tan compatibles como el «ouzo» y el agua o como viajar a la patria de Ulises con «Juego de tronos» en la mochila en vez de la «Odisea» de Homero o el «Corazón de Ulises» de Javier Reverte. Todo es posible en Ítaca. Buen «Biaje». Fuente: http://www.lne.es |